PERFIL, CRÓNICA Y REALIDAD PENITENCIARIA DE MARÍA

Introducción

La vida de María* es el testimonio de un quiebre profundo y, al mismo tiempo, de una reconstrucción silenciosa pero inquebrantable. A sus 33 años, esta psicóloga boliviana, madre de dos niñas, conoció el abismo el 16 de abril de 2023, cuando las puertas del  Centro de Reintegración Femenina “Horizontes” se cerraron tras ella, bajo el cargo de tentativa de homicidio. El impacto no fue solo físico; fue un desgarro emocional que la sumergió en un shock automatizado durante meses, mientras el peso de la ausencia materna y el estigma social comenzaban a moldear una nueva y dolorosa realidad para sus hijas de 11 y 10 años.

Sin embargo, el encierro no logró anular su esencia ni su vocación. Lejos de rendirse a la enajenación de un sistema carcelario hostil y precarizado, María transformó su propia soledad en una herramienta de autoconocimiento y fortaleza. En mayo de 2025, asumió el desafío de ser la Primera Delegada de la población interna. Desde ese espacio de resistencia, utilizó su educación no como un privilegio, sino como un escudo para proteger a sus compañeras: impulsó la alfabetización, abolió cobros extorsivos y se convirtió en la voz firme que exigía dignidad frente a la indolencia institucional.

Esta es la crónica de una mujer que habitó el dolor profundo de la reclusión, que sanó sus propias heridas mirando de frente a sus traumas, y que hoy se proyecta hacia el futuro con la madurez de quien ha perdonado su pasado y la urgencia de recuperar el abrazo de sus hijas. Su historia no es solo el reflejo de la crisis penitenciaria en Bolivia, sino el retrato vivo de la resiliencia humana y la redención a través de la empatía.

Infancia, maternidad y la ausencia afectiva

María creció en un hogar estructurado bajo la estricta y rígida disciplina de su padre. Aún en la secundaria y con 17 años decidió salir de casa por no tolerar la rigidez paterna. A los 21 años experimentó la maternidad por primera vez, un proceso que asumió a temprana edad, lidiando con la desesperación natural de una madre primeriza alejada del soporte continuo de sus padres. Al poco tiempo nació su segunda hija, profundizando los desafíos emocionales de la crianza.

A nivel de pareja, el padre de sus hijas se caracterizó por ser una figura profundamente ausente y dañina. Pese a que compartieron el mismo techo durante los primeros años en una dinámica marcada por las extensas rutinas laborales de ambos, María enfrentó una intensa soledad en presencia de él. La falta de corresponsabilidad afectiva y el desinterés del padre hacia la paternidad deterioraron el vínculo de forma definitiva, llevando a una separación formal hace aproximadamente nueve años.

Desde entonces, María rompió toda comunicación con él, recurriendo únicamente a su exsuegra -la abuela de las niñas- como su red de apoyo más confiable y firme para el cuidado de sus hijas mientras ella trabajaba o generaba ingresos extra cantando. El padre biológico reside actualmente en La Paz, manteniéndose completamente al margen y visitando a las menores apenas una o dos veces al año.

Crónica de un quiebre: El ingreso a reclusión

El 16 de abril de 2023, la vida de María sufrió un giro drástico al ser ingresada al Centro de Reintegración Femenina “Horizontes”, bajo el cargo de Tentativa de Homicidio. En el momento del hecho, sus hijas se encontraban a resguardo de su abuela paterna, por lo que no presenciaron el suceso.

La detención provocó un estado de shock profundo y prolongado que se extendió por meses. María describe esta etapa inicial como un proceso automatizado, reaccionando como «un robot» ante las órdenes externas, mientras lidiaba internamente con recuerdos recurrentes del hecho, ansiedad, negación y la asimilación del riesgo físico que había corrido su propia vida.

Debido a la magnitud de la crisis y a que priorizó la defensa legal inmediata, su círculo familiar (la abuela y las niñas) no conoció su paradero exacto sino hasta medio año después de su reclusión. Cuando finalmente conversó con sus hijas, optó por la honestidad absoluta sobre las razones de su encierro y el cumplimiento de su castigo, buscando evitar distorsiones que quebraran el vínculo filial.

El costo de la ausencia y el estigma social

  • La pérdida del rol de referencia: El golpe emocional más duro para María ocurrió recientemente, cuando su hija mayor (11 años) le confesó con honestidad que ella ya no era su ejemplo a seguir, sino su abuela paterna. María experimenta esto como una consecuencia de haber perdido tres años de convivencia diaria, un tiempo en el que la abuela asumió la crianza con un estilo más permisivo.
  • Señales de alerta en las niñas: En las visitas de los sábados, María percibe a su hija mayor preocupada y con un descuido en su alimentación que se manifiesta en sobrepeso. Observa que las niñas cargan con problemas escolares y miedos infundados de origen social o televisivo, llegando a expresarle con inocencia: «De aquí no vas a salir a robar no?», asumiendo que la cárcel corrompe inevitablemente a las personas.
  • El estigma en el círculo familiar extendido: Si bien planea mantener oculto su pasado ante la comunidad escolar de las niñas (bajo la narrativa de que estuvo en un viaje largo por trabajo), reconoce que su familia extendida ya la ha estigmatizado. Narra que la última vez que su cuñado la visitó, la miraba con evidente temor físico y nerviosismo, como si ella fuera a hacerle daño debido a los antecedentes de su caso.

El Proceso psicológico: Del shock a la autogestión

Al principio, los síntomas críticos de su internación en el centro penitenciario incluyeron temblores constantes, llanto incontrolable, deseos de aislamiento y cuadros de ansiedad severa. Como psicóloga de profesión, María critica duramente la precariedad de la salud mental en el Régimen Penitenciario. Explica que la atención se limita a la aplicación burocrática de tests psicotécnicos o dibujos (como el test de la persona bajo la lluvia o similares), sin ningún tipo de terapia o seguimiento clínico.

Para contener sus crisis, tuvo que costear mediante sus propios abogados y juzgados las salidas mensuales al psiquiatra. Recibió medicación ansiolítica hasta diciembre de 2024, momento en que entró en una fase de contención. Actualmente se encuentra sin medicación, controlando sus crisis (que aún persisten de forma más leve) mediante la lectura, el trabajo y el enfoque mental en sus hijas.

Resistencia institucional y liderazgo comunitario

Lejos de la enajenación, el paso de María por el Centro de Reintegración Femenina “Horizontes” se ha caracterizado por un alto sentido de liderazgo, resiliencia y el uso de su capital educacional y cultural en favor de la comunidad penitenciaria.

En mayo de 2025, lideró la población interna como Primera Delegada, convirtiéndose en la interlocutora clave entre las reclusas y proyectos de investigación y apoyo social, tales como la encuesta impulsada por la Fundación INESAD en beneficio de las internas del penal. Su gestión como delegada se distinguió por una posición ética y protectora:

  • Educación como emancipación: Impulsó la inscripción obligatoria de internas analfabetas al Centro de Educación Alternativa (CEA) local, asumiendo como una responsabilidad dirigencial el evitar que las mujeres firmaran documentos legales cuyo contenido desconocían.
  • Erradicación del cobro obligatorio: Abolió la imposición forzosa del denominado «derecho de piso» (aporte único de 300 a 400 bolivianos destinado a mejoras), transformándolo en un aporte estrictamente voluntario y accesible.
  • Defensa de la Ley N.º 2298: Junto a su directiva, estudió a fondo la Ley de Ejecución Penal y Supervisión para exigir el cumplimiento de las obligaciones del Régimen Penitenciario y la Dirección del penal, lo que le generó tensiones y antipatías con las autoridades debido a su firmeza en la defensa de los derechos de las internas.

Revelaciones sobre la vida subterránea en el Centro de Reintegración Femenina “Horizontes”

A partir de su experiencia dirigencial y personal, María expone con lucidez las carencias del sistema penitenciario boliviano, al cual califica como una «crisis social» e «infernal»:

  • La economía de la supervivencia: Los 8 bolivianos del pre-diario estatal no se entregan en efectivo a las internas; estas deben «fiarse» (pedir crédito) de las pensiones internas administradas por las propias reclusas, acumulando deudas que devoran el beneficio cuando este llega con meses de retraso.
  • La privatización total de los servicios: Dentro del penal, actividades vitales se han convertido en microempresas exclusivas. María detalla que para tomar un té caliente, debe pagar 1.50 bolivianos por una botella de agua hervida a internas que poseen el «rubro» y el acceso a cocinas u hornillas, ya que la población general no tiene permitido cocinar de forma autónoma. Ducharse también implica un costo económico por el uso del agua. Una interna promedio debe gastar cerca de 20 bolivianos diarios para cubrir una sola comida y necesidades básicas.
  • La soledad y la ruptura de identidades: María valida las teorías sociológicas sobre la cárcel como un espacio donde no existe la amistad, sino una coexistencia forzada y transitoria. Observa que la incapacidad de gestionar la soledad extrema provoca quiebres drásticos en la identidad de sus compañeras. Asegura que muchas mujeres heterosexuales (desde los 18 hasta los 50 años) modifican su orientación hacia el lesbianismo o la bisexualidad dentro del penal, arrastradas por la necesidad urgente de afecto, apoyo económico o protección física, generando a menudo relaciones altamente tóxicas.

Tipología del Delito según la experiencia dirigencial de María

Durante su gestión como Delegada, María desarrolló un agudo sentido de observación sobre los perfiles de las internas según el delito cometido:

  • Las «Milocheras» (Traficantes de sustancias controladas – Ley 1008): Suelen ser madres solteras con un discurso de superación económica e independencia. Justifican el narcotráfico como una vía para «vivir mejor», demostrar que pueden solas y no tener que rogar por pensiones familiares a los padres de sus hijos. Tienen mayor apertura para dialogar y buscar apoyo productivo.
  • Las internas por robo: Presentan perfiles de alta vulnerabilidad social, muchas de ellas criadas en hogares institucionales o en situación de calle. Su discurso denota desesperanza: «Robo porque no sé hacer nada más». María apunta una fragilidad fáctica: muchas de ellas llevan cicatrices o cortaduras visibles en el rostro, un estigma estético y social que les cierra cualquier puerta en el mercado laboral externo, empujándolas a un ciclo crónico de reincidencia donde entran y salen del penal en cuestión de meses («cargar y correr»).

Evolución afectiva y perspectiva de futuro

A sus 33 años, María ha logrado resignificar su postura hacia los hombres. Admite que antes de ingresar a prisión operaba con un profundo rencor y resentimiento masculino debido al trauma de abandono de su expareja. Esto la llevaba a ser «fría» e indiferente con las personas que intentaban acercarse a ella, priorizando el trabajo de forma obsesiva y respondiendo a los problemas afectivos de otros con desapego.

Hoy, tras un profundo proceso de autoconocimiento en el encierro, reconoce que le faltó «responsabilidad afectiva» y madurez. Afirma haber perdonado su pasado y se declara lista para construir relaciones futuras de manera madura, responsable y sin los escudos defensivos del pasado.

Su prioridad absoluta al recuperar su libertad se concentra en dos pilares prácticos: obtener un trabajo y una vivienda de manera independiente. Con esto, María planea asumir plenamente la crianza de sus dos hijas -reinvirtiendo la distancia actual donde la abuela ha pasado a ser la referencia principal- y demostrarle a su entorno cercano y a la sociedad que es posible externarse de un centro penitenciario.

*El nombre de la protagonista ha sido cambiado para proteger su identidad, así como el nombre del recinto penitenciario. El relato se basa en el testimonio recogido por Mauricio Blanco, investigador senior de INESAD.

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