Brasil un gigante dividido y el eco que retumba en Bolivia

Tras tres décadas de observar el devenir de esta nación, puedo asegurar que el domingo no solo se elegirá un presidente; se definirá el rumbo con el que respirará todo nuestro continente en los años por venir.

Mauricio Blanco

Haber vivido en Brasil por casi tres décadas otorga una perspectiva única, despojada de las pasiones inmediatas de la coyuntura y enriquecida por la memoria del pulso cotidiano. Quien habitó esa tierra por tanto tiempo sabe que este gigante no se mueve sin sacudir al continente.

El próximo domingo 4 de octubre de 2026, cuando más de 158 millones de ciudadanos acudan a las urnas para la primera vuelta presidencial, el rumbo de América Latina volverá a redefinirse. No es una exageración: la estabilidad económica, las políticas amazónicas y la integración regional dependen del color del partido que ocupe el Palacio de Planalto.

Para Bolivia, la relevancia es directa y vital. Los lazos energéticos en torno al gas, la vasta frontera compartida, el combate al crimen organizado y el destino de miles de compatriotas que han hecho de ciudades como São Paulo su hogar, se juegan en esta jornada electoral. Lo que se decida este domingo resonará con fuerza en los pasillos del poder en La Paz.

A lo largo de esos casi 30 años en suelo brasileño fui testigo de las profundas transformaciones de su sociedad, de sus ciclos de optimismo económico y de sus crisis morales. Hoy, el panorama político exhibe una fractura estructural irreversible y la polarización ya no es un fenómeno pasajero, sino el lenguaje cotidiano del país.

El actual mandatario y líder histórico de la izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, busca asegurar un cuarto mandato no consecutivo al frente del Partido de los Trabajadores. En la vereda opuesta, la derecha ha consolidado su fuerza detrás del senador Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, quien asumió la bandera de su espacio ante la inhabilitación política de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro.

Los números más recientes evidencian el nivel de paridad. De acuerdo con el sondeo nacional del instituto Datafolha publicado a finales de septiembre, Lula da Silva encabeza las preferencias con un 40 % de la intención de voto, seguido muy de cerca por Flávio Bolsonaro con un 36 %.

Por su parte, la última encuesta de la firma Quaest arroja un escenario igual de ajustado, situando a Lula con un 37 % frente a un 33 % del candidato opositor en la primera vuelta. El resto de las candidaturas alternativas se encuentran completamente atomizadas y relegadas a cifras marginales que apenas arañan el 5 %, incapaces de estructurar una verdadera «tercera vía».

La extrema debilidad de otras fuerzas, sumada a la enorme volatilidad del voto a pocos días del pleito, introduce un elemento de alta incertidumbre. Existe el riesgo latente de que la contienda intente definirse de forma prematura en la primera vuelta debido al alto número de indecisos.

Las encuestas espontáneas –donde no se muestran los nombres de los candidatos– revelan que cerca del 18 % de los electores aún no sabe por quién votar, mientras que un 20 % admite que todavía podría cambiar su decisión a última hora.

Con un electorado tan fragmentado en la base intermedia y una masa de votantes silenciosos que suele decidirse frente a la urna electrónica, cualquier migración masiva de último minuto hacia los dos polos mayoritarios podría empujar a uno de los punteros a rozar el umbral del 50 % de los votos válidos.

Sin embargo, tanto Datafolha como Quaest sugieren que, en el escenario más probable de un balotaje a ser realizado el 25 de octubre, el país enfrentará un estricto empate técnico, reflejando una sociedad profundamente dividida que se debate entre la continuidad del modelo asistencialista de izquierda o el retorno de la agenda ultraconservadora.

Tras haber examinado ocho elecciones generales, considero que las encuestas solo capturan la superficie de un descontento más profundo. En el Brasil actual, el debate ya no gira únicamente en torno a ideologías puras, sino sobre el bolsillo, la fe y el miedo.

El gobierno de Lula intentó recuperar terreno mediante medidas populares, tales como el reajuste del programa Bolsa Família y la prohibición de las apuestas deportivas en línea. Sin embargo, las demandas insatisfechas alimentan un fuerte voto castigo.

Por su parte, Flávio Bolsonaro ha sabido articular el desencanto enfocando su campaña en el control de la inflación y la seguridad. Su base electoral se mantiene firme entre el enorme bloque de votantes evangélicos, las clases medias urbanas del sudeste y el motor agroindustrial del sur del país.

Para quienes analizamos esta realidad atentos a nuestra región, queda claro que el resultado del domingo fijará la temperatura geopolítica de Sudamérica. Una victoria del oficialismo mantendría a Brasil como el eje de la integración progresista. Por el contrario, un giro hacia el bloque liderado por Flávio Bolsonaro realinearía la política exterior de Brasilia con corrientes conservadoras internacionales, debilitando los esquemas tradicionales de cooperación sudamericana.

Para Bolivia el impacto es inmediato. La continuidad de los contratos energéticos, los planes conjuntos de infraestructura vial y fluvial, y la seguridad en una frontera compartida de más de 3.400 kilómetros dependen de la sintonía política o del pragmatismo que demuestre el próximo mandatario brasileño.

Tras tres décadas de observar el devenir de esta nación, puedo asegurar que el domingo no solo se elegirá un presidente; se definirá el rumbo con el que respirará todo nuestro continente en los años por venir.

Mauricio Blanco es investigador Inesad.

Te puede interesar

Del subsidio al abastecimiento: Plantean que el cambio de precio del diésel debe ir acompañado de dólares, inversión y nuevas reglas

En una consulta realizada por ENERGÍABolivia a Javier Aliaga, investigador senior asociado de la Fundación …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *